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"Esta crisis no solo debe hacernos repensar la situación tarifaria, sino que también debe convertirse en una oportunidad para focalizarnos en lo verdaderamente importante y urgente para nuestra Nación, resistiendo la tentación de gastar recursos escasos en “seguir la corriente”.

En diciembre 2015, estaba claro que nuestro país no podía permitirse continuar con el despilfarro de energía y de los siempre escasos recursos financieros que todos los argentinos aportamos al estado. Pocas dudas, si alguna, quedaban que nuestro país debía rápidamente emprender el arduo camino de la recomposición del sistema energético para evitar el colapso de la oferta.

El contexto macroeconómico a finales del 2015 indicaba que una serie de restricciones, de piedras en el zapato, iban a dificultar el recorrido hacia la recuperación de la oferta de energía. Un alto déficit fiscalpresionaba- y presiona- para acelerar las necesarias reformas y, por el otro, un alto nivel de pobreza e inflación exigía no aumentar los sufrimientos del pueblo argentino.

El derroche energético se había instalado como una dañina cultura en nuestra sociedad, a favor de los precios viles de los productos energéticos fijados por el populismo dueño del relato mágico a lo largo de una década.

La importación creciente de energía bajo sus diferentes formas no inmutó a las autoridades de entonces, probablemente confiadas en que el problema explotaría al siguiente gobierno.

La forma socialmente aceptable de reconstruir la oferta nacional de energía pasaba, y pasa, por un sendero de crecimiento de precios que, además, funcione como señal de la importancia que la energía tiene en nuestras vidas.

Los recursos de las familias argentinas de clase media y baja deberían reasignarse para atender las prioridades relativas entre, por ejemplo, televisión por cable y el consumo de energía. Bien puede decirse que los precios viles de la energía operaron como un subsidio cruzado a la telefonía móvil y la televisión por cable.

El desempeño de la macroeconomía durante el sendero de recomposición de los precios fijaría la aceptabilidad social de una mayor, o menor, velocidad de recuperación.

Si la economía crecía a lo largo de la duración del sendero mientras la inflación disminuía, permitiría imprimir al sendero una velocidad compatible con las urgencias fiscales.

La cobertura mediante subsidios de las familias de mayor vulnerabilidad económica debía expandirse, y así se hizo.
Los precios de los energéticos deberían crecer más velozmente para los hogares de mayores posibilidades económicas. En todos los casos, los subsidios deberían tener fecha de vencimiento para romper con el falso concepto de “consumir regalado”.

Cada uno de los eslabones de la cadena de los diferentes productos energéticos se encontraba debilitado cuando no quebrado y así, la prolongación de esta situación resultaba imposible.

La normalización del Ente Nacional Regulador de Gas Natural se imponía como garantía de contralor de los respectivos servicios. La normalización de ENRE operaría en la misma dirección, pero solo para aquellos servicios operando en Buenos Aires. La gran dispersión de empresas y cooperativas prestatarias de los servicios eléctricos en el resto del país dificultaba una equitativa asignación del esfuerzo restaurador.

Apenas conocido, el plan de recomposición tarifaria encontró, previsible pero absurdamente, una feroz oposición que buscaba que la bomba diabólicamente montada por el gobierno saliente estallara.

La judicialización de las tarifas encontró a la Corte Suprema de Justicia súbitamente preocupada por cuestiones como la progresividad y proporcionalidad de las mismas, y por la necesidad de realizar audiencias públicas. Todas cuestiones extrañas a la gestión anterior.

A poco que comenzaron las audiencias quedó en claro que las mismas solo interesaban a grupos de activistas y a una pequeña porción de la población.

Por razones que están fuera de mis conocimientos, la macroeconomía no tuvo el desempeño previsto al momento de planear los senderos de recomposición de precios y tarifas y, claramente, estos dejaron de ser aceptables para una buena parte de los ciudadanos.

La precipitación de los acontecimientos en materia cambiaria, definidos así en beneficio de la brevedad pero que en mi humilde opinión se asemejan a una salida de capitales, produjo una gran distorsión que rápidamente se propagó a lo largo de la cadena de valor, tanto para el gas natural como para la electricidad.

Los contratos de abastecimiento de gas natural entre distribuidoras y productores, trabajosamente pactados luego de más de 10 años de inexistencia, se encuentran al borde de la ruptura.

Los grandes avances alcanzados en el desarrollo de nuestros enormes recursos no convencionales, especialmente de Vaca Muerta, permiten pensar que, en pocos años más Argentina podrá retomar el camino de la exportación de petróleo y gas natural, con grandes beneficios para nuestra complicada balanza comercial.

Es fundamental reunir a todos los actores para poder corregir estos desequilibrios, que ojalá sean transitorios. Pero tan importante, y necesario, como esto resulta construir a partir de lo ya hecho, y sin retroceder en las reformas trabajosamente puestas en marcha.

Para alcanzar el equilibrio perdido, y también la confianza, las autoridades deberán hacerse cargo de su responsabilidad en la situación creada.

El gobierno debería, como un aporte a la sensatez y a la recuperación del equilibrio perdido, tomar algunas medidas que muestren adaptación a la situación creada.

Por ejemplo, el programa de desarrollo de las energías aleatoriamente intermitentes y renovables debería congelarse, sin anular los compromisos contraídos, pero sin tomar aumentar los mismos evitando así cuantiosas inversiones en el sistema de transmisión en alta tensión.

Parece poco equitativa una situación donde “hay que barajar y dar de nuevo” en materia de hidrocarburos, mientras el estado compromete recursos en dólares para pagar una energía que, repito, es aleatoriamente intermitente.

Fundamentar el desarrollo de energías renovables, en este momento y contra viento y marea, en un problema de cambio climático no tiene demasiado sentido. Argentina tiene una matriz energética más limpia que la mayoría de los países del G-20. Y, en todo caso, nuestra participación en el total de emisiones de gases de efecto invernadero es inferior al 1%. El mundo puede esperar por nuestro aporte a combatir el cambio climático para cuando tengamos una situación macroeconómica más sólida que la actual.

Creo que no existe persona alguna que pueda razonablemente negar las ventajas de desarrollar energías limpias para reemplazar los combustibles fósiles. La contaminación ambiental es suficiente imperativo para desarrollarlas, sin necesidad de abrazar la cuestión del calentamiento global como resultado exclusivo, o excluyente, de la actividad humana. Esta no es una cuestión religiosa, sino de la ciencia. Y en la ciencia no existe consenso al respecto.

Países como Noruega, signatarios de COP21, son grandes productores de hidrocarburos.

Las centrales nucleares en carpeta costarían 5 veces lo que cuesta la generación eléctrica a gas natural, y tardarían no menos de 7 años en construirse. Bien debería nuestro país postergar también este tipo de emprendimientos para épocas más prósperas, en el dudoso caso que sean necesarias.
El desarrollo del proyecto de carbón de Río Turbio no se sostiene ni desde el punto de vista económico, ni desde el ambiental. Y resulta a contramano de la preocupación por el cambio climático.

Incrementar la oferta de gas natural permitirá desplazar Gas Oil importado de la generación eléctrica, con beneficios económicos y, para el medio ambiente.
No puede escapar a la vista de quienes se ocupan de este problema que, en tanto las energías renovables sean aleatoriamente intermitentes, el gas natural es el “Carrier” preferido para introducirlas en las matrices energéticas tradicionales. Y Argentina puede aportar al mundo una cantidad significativa de este Carrier, con la ventaja de a la vez, fortalecer nuestra economía.

Lo que nuestro país no debe postergar es el desarrollo del gas natural. Vaca Muerta es un regalo de Dios a los argentinos que todavía no hemos valorado debidamente. Sin olvidarnos de los recursos convencionales, que ciertamente distan de ser cero. El factor de propagación económica de la producción de gas natural es enorme y debe extenderse a la petroquímica.

El desarrollo del gas natural debe ser un proyecto nacional, capaz de integrar a nuestra industria. A todo nuestro país.

En síntesis, esta crisis no solo debe hacernos repensar la situación tarifaria, sino que también debe convertirse en una oportunidad para focalizarnos en lo verdaderamente importante y urgente para nuestra Nación, resistiendo la tentación de gastar recursos escasos en “seguir la corriente”.

Creo que todos los argentinos deseamos, y confiamos, que esta crisis se convierta en una oportunidad para ocuparnos del futuro con mesura, dedicación, decisión y realismo.

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